sábado, 1 de septiembre de 2018

Un gallo para Momo
Coco Romero, especialista en murgas y carnavales, homenajea la obra del poeta titiritero Javier Villafañe.
Diego Oscar Ramos . Rumbos . 2009
Este 2009 que anda marchándose, al son de bombos y matracas, tuvo entre sus aconteceres uno de esos grandes eventos de visibilidad masiva quizás circunscripta a unos pocos curiosos. Repitamos entonces, que en el año en el que se cumplió un siglo desde su nacimiento, el histórico titiritero poeta argentino Javier Villafañe recibió, desde el paraíso de los creadores, un presente de Coco Romero, habitante incansable de la tierra del carnaval. El regalo al máximo exponente nacional de la escritura para títeres fue el disco Los caminos del gallo pinto, donde el murguero musicalizó los poemas del libro homónimo, basándose en una edición de 1947 de la obra. Allí Villafañe buscaba movilizar la imaginación poética de los niños, a quienes también valorizaba al incluir en la publicación una selección de los miles de dibujos que fue juntando en las giras nacionales donde los hacía dibujar. “Fue un desafío conceptual musicalizar 10 de los poemas, encontrarle un clima a cada uno y encontrar la idea de la carreta como un personaje central, porque el viejo hizo el camino de pueblo en pueblo así, lo que es increíble”, comenta Romero, sorprendido aún de la gesta itinerante del poeta argentino, que pasó buena parte de su vida andando en carromato por el país. “Toda su obra la hizo andante, no hay titiritero del mundo que no haga sus obras, fue a Rusia, a China y en Cuba tiene una plaza dedicada a sus personajes”, resume el guitarrista sobre la carrera de Villafañe, nacido en 1909, a quien Romero llegó a conocer poco antes de que se fuera con sus retablos, en 1986, de gira hacia otros mundos que precisaran de sus títeres.
- ¿Cómo nace tu historia con Villafañe?
- Después que terminamos con el grupo La fuente, con quienes grabamos 3 discos y hasta hablamos de los desparecidos durante la dictadura, hice un viaje por el norte, me enamoré del mundo de los títeres, uní las Bellas Artes que había estudiado de joven y el nombre de Javier Villafañe, el padre mítico del género, aparecía mencionado por discípulos de él, como Ariel Bufano, uno de mis maestros, que lo trae al Teatro San Martín. Gracias a uno de sus biógrafos llegué a cenar con él. Además, haciendo teatro de objetos, fui a México en los 90 y llevé a la feria de Guadalajara un par de obras de títeres de Javier. Ya había musicalizado dos poemas de Los caminos del gallo pinto, que cantaba ante 2 mil niños. Ahí me di cuenta, cuando veía que había chicos que venían varias veces, que estaba siendo un transmisor de Javier. Lo venían a ver a él.
- ¿Qué te atraía de su arte?
- Lo que me fascina es su poesía. El viejo contaba sus poemas y los niños dibujaban, esto me impactó. Y su historia. Nació en Almagro, un barrio murguero, juntaba letras de murgas y en la década del 30, renunció a su trabajo en Obras Sanitarias, con una carta en decimas, diciendo que se iba a hacer títeres. Ahí pegó un carro, para viajar mirando al cielo, con una paja en la boca, haciendo títeres con un amigo, por la Argentina. En la década del 60 escribe Las aventuras de don Juan el zorro, los cuentos más desparramados en el país, en todos lados hay relatos tradición oral ligados a ese personaje. Y ese libro, publicado por editorial Claridad, fue prohibido en la etapa de Onganía, él debe irse a Venezuela, donde empieza a desarrollar una movida con los títeres, en la Universidad, saca revistas, sigue escribiendo y se le ocurre un proyecto que ofrece a la Secretaría de Cultura, para hacer el Camino de La Mancha. Y pagado por el gobierno, va por todos los pueblos, haciendo títeres, contando poemas y los chicos dibujando. Después vuelve a Buenos Aires, con esta experiencia hecha libro, Maese Trotamundos por el camino de Don Quijote.
- ¿Y esos libros deben estar entre tus tesoros, es así?
- Sí, junto a mis 3 mil libros de carnaval. Cada vez que veía algo de Javier lo compraba. Un día paso por Sarmiento al 1500, por una librería y encuentro una edición divina, de 1947, de editorial Huarpes, de Los caminos del gallo pinto. El en un año había juntado 30 mil dibujos de niños, de todas las geografías y niveles sociales. Y decía que cuando un niño no come, no pinta, se ocupaba de lo social, además de motivar a los niños con la poesía. Ahí fue mi enamoramiento con el libro, se me juntaba todo, la fantasía, la creatividad.

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